¿Quién es cristiano?

ORIGEN Y USO DE LA PALABRA “CRISTIANO”

Según Hechos 11:26, a los discípulos de Cristo se les llamó cristianos.

… A los discípulos se les llamó “cristianos” por primera vez en Antioquía.

El término griego para “cristiano” (christianos) se deriva de la palabra Cristo (Christos). Del mismo modo, hoy en día, si una persona sigue a Cristo puede considerarse como cristiano.

Discípulo es todo aquel que aspire a entender e imitar a su maestro. Las decisiones que tome en su vida se basan en lo que aprende de la vida y de la enseñanza de su maestro.

Y llamando a la gente y a sus discípulos, les dijo: –Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. Todo el que quiera salvar su vida, la perderá; y todo el que pierda su vida por causa de mí y del evangelio, la salvará.” (Marco 8:34–35)

Según el Nuevo Testamento, todo aquel que siga a Jesús también se llama hijo de Dios.

Mas a todos los que lo recibieron, a quienes creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios.… (Juan 1:12)

Un seguidor de Cristo “nace de nuevo”, es decir, de manera espiritual, permitiendo a Dios que guíe y forme su vida. De este modo, es capaz de obtener el precioso don de la vida eterna.

En esto sabemos que nosotros lo conocemos, si guardamos sus mandamientos. El que dice: «Yo lo conozco», pero no guarda sus mandamientos, el tal es mentiroso y la verdad no está en él. (1 Juan 2:3–4)

Mientras que una persona se niegue a someter toda su vida al Dios santo, estará muerta espiritualmente.

Dijo entonces Jesús a los judíos que habían creído en él: –Si vosotros permanecéis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos; y conoceréis la verdad y la verdad os hará libres. Le respondieron: –Descendientes de Abraham somos y jamás hemos sido esclavos de nadie. ¿Cómo dices tú: “Seréis libres”? Jesús les respondió: –De cierto, de cierto os digo que todo aquel que practica el pecado, esclavo es del pecado. Y el esclavo no queda en la casa para siempre; el hijo sí queda para siempre. Así que, si el Hijo os liberta, seréis verdaderamente libres.” (Juan 8:31–36)

Jesús quiere que todos los hombres estén salvados. Si una persona se convierte a Él (es decir, si se arrepiente de sus pecados), Jesús la liberta. Dios la santifica y le da el poder de vivir una vida totalmente diferente.

… En cuanto a la anterior manera de vivir, despojaos del viejo hombre, que está corrompido por los deseos engañosos, renovaos en el espíritu de vuestra mente, y vestíos del nuevo hombre, creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad. (Efesios 4:22–24)

Cada miembro de la iglesia ha sido santificado y, en consecuencia, es santo (Filemón 1:1; 2 Corintios 1:1).

Siendo hijos de Dios todos los cristianos tienen un sólo Padre: Dios. Por lo tanto, las relaciones entre ellos son de tipo fraternal.

»Pero vosotros no pretendáis que os llamen “Rabí”, porque uno es vuestro Maestro, el Cristo, y todos vosotros sois hermanos. Y no llaméis padre vuestro a nadie en la tierra, porque uno es vuestro Padre, el que está en los cielos. Ni seáis llamados maestros, porque uno es vuestro Maestro, el Cristo. El que es el mayor de vosotros sea vuestro siervo, porque el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido. (Mateo 23:8–12)

Él les respondió diciendo: –¿Quiénes son mi madre y mis hermanos? Y mirando a los que estaban sentados alrededor de él, dijo: –Aquí están mi madre y mis hermanos, porque todo aquel que hace la voluntad de Dios, ese es mi hermano, mi hermana y mi madre.” (Marcos 3:33–35)

Por consiguiente, las palabras discípulo, hijo de Dios, santo y hermano/ hermana se pueden usar como sinónimos.

¿CÓMO SE SABE QUIÉN ES CRISTIANO DE VERDAD?

La vida cristiana tiene como base la aceptación de la redención por medio de Jesucristo. Jesús libera a los creyentes de sus pecados y les revela la verdad, para que sean capaces de entender la doctrina correcta sobre el ser de Dios y de vivir una vida santa conforme a Su voluntad. La buena doctrina y una vida en conformidad con la voluntad de Dios son dos cosas inseparables.

a) VIVIR SEGÚN LA VOLUNTAD DE DIOS

La conversión al cristianismo implica una decisión consciente de seguir a Cristo. El pasaje de Juan 1:12 (mencionado más arriba) habla de la necesidad de “recibir” o aceptar a Jesús, lo que demuestra que hacerse cristiano se basa en una decisión.

El fruto de la conversión (griego: metanoia = cambio de mente) es que una persona ve el mundo con otros ojos, que tiene un sistema de valores y objetivos totalmente diferente del que tenía antes de conocer a Dios. Con el arreptentimiento de los pecados, se restaura la relación rota entre el hombre y su Creador y es justo por medio de esa relación que un cristiano puede vivir conforme a la voluntad de Dios. Dios le da su Espíritu Santo, quien lo capacita a vivir una vida santa.

Todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, son hijos de Dios. (Romanos 8:14)

Convertirse significa arrepentirse y dejar atrás todos los pecados para hacer el bien.

Pero gracias a Dios que, aunque erais esclavos del pecado, habéis obedecido de corazón a aquella forma de doctrina que os transmitieron; y liberados del pecado, vinisteis a ser siervos de la justicia. (Romanos 6:17–18)

Por lo tanto, hermanos, os ruego por las misericordias de Dios que presentéis vuestros cuerpos como sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro verdadero culto. No os conforméis a este mundo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál es la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta. (Romanos 12:1–2)

La vida cristiana es un proceso continuo de santificación. Dios obra en cada cristiano para transformarlo a la imagen de su Hijo (Romanos 8:29). Esto no quiere decir que un cristiano ya no cometa ningún pecado durante toda su vida, sino que en general vive separado del pecado. El fruto de la santificación ha de ser visible en la vida de todo creyente (Juan 15:1–10), porque Dios le da el poder para aspirar a una vida santa (2 Pedro 1:3; Romanos 6:12–14).

Porque la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús me ha librado de la ley del pecado y de la muerte. (Romanos 8:2)

El fruto de la relación con Dios se ve en las buenas obras, las cuales se manifiestan, sobre todo, en el amor fraternal.

Así que, según tengamos oportunidad, hagamos bien a todos, y especialmente a los de la familia de la fe. (Gálatas 6:10)

El amor fraternal (el amor entre los creyentes) es la señal por la cual se reconocen los discípulos de Cristo (Juan 13:34–35). Se basa en la decisión de cada uno de entregar toda su vida a los hermanos y hermanas en la fe.

En esto hemos conocido el amor, en que Él puso su vida por nosotros;[q] también nosotros debemos poner nuestras vidas por los hermanos. (1 Juan 3:16)

Es el conocimiento del gran amor de Dios lo que mueve a los cristianos a dar toda su vida al servicio de Dios y de la gente.

El que no ama, no ha conocido a Dios, porque Dios es amor. (1 John 4:8)

… En esto se manifiestan los hijos de Dios y los hijos del diablo: todo aquel que no hace justicia y que no ama a su hermano, no es de Dios. (1 Juan 3:10)

Las relaciones entre hermanos y hermanas en la fe son muy diferentes a otras relaciones humanas, ya que los creyentes tienen la misma actitud hacia la vida, tienen una misma esperanza, un mismo objetivo. Como no comparten los valores e intereses de gente incrédula, la colaboración con ella queda limitada. Sin embargo, los cristianos son llamados a favorecer lo máximo posible la solidaridad y el respeto mutual.

“Estoy bautizado, por eso, soy cristiano…”

Algunos piensan que una persona se hace cristiana a través del bautismo. En Romanos 2:28–29, leemos:

No es judío el que lo es exteriormente, ni es la circuncisión la que se hace exteriormente en la carne; sino que es judío el que lo es en lo interior, y la circuncisión es la del corazón, en espíritu y no según la letra. La alabanza del tal no viene de los hombres, sino de Dios.…

Del mismo modo, lo que es importante para hacerse cristiano es el cambio interior. El bautismo sólo representa la expresión exterior de este mismo.

“Soy buena persona…”

Hay una diferencia importante entre una “buena” persona y un cristiano. Alguien puede tener muchas buenas cualidades humanas, puede ayudar mucho a los otros, ser una persona muy generosa; pero todo esto todavía no lo hacen cristiano. Cualidades de este tipo, en cierto nivel, resultan beneficiosas para los demás, pero se pueden llevar a cabo de forma óptima sólo si la persona se convierte a Dios. Si alguien quiere ser “bueno” sin querer convertirse a Dios, correrá el peligro de que la gente le rinda homenaje a él, en vez de a Jesús.

El ejemplo del joven rico (Lucas 18:18–30) demuestra que Jesús espera de sus discípulos la sumisión entera a Dios. El joven rico era “buena” persona también. No cabe duda de que seguía los mandamientos mencionados por Jesús (por lo menos, en cierto nivel). Sin embargo, él mismo sintió que le faltaba algo para lograr la vida eterna. Podemos concluir de la respuesta de Jesús que no basta el cumplimiento superficial de una lista de leyes y reglas. Con mucha sabiduría Jesús evidenció lo que aquel hombre no quería dejar atrás para confiarse enteramente a Dios. Cristo solicita la propiedad de toda nuestra vida, como también reconoció Pedro en aquel momento, diciendo: “Nosotros hemos dejado nuestras posesiones y te hemos seguido” (v. 28).

Seguir a Jesús significa buscar en todo momento lo que Dios quiere obrar en nuestra vida. Tenemos que estar dispuestos a abandonar todo por causa de Dios, volver la espalda a metas egoistas y materialistas, a hobbys, ambiciones y planes propios; y, eso hay que hacerlo no sólo cuando somos perseguidos. No hemos de separarnos sólo de nuestros pecados, sino también tenemos que establecer prioridades (Lucas 9:57–62; Lucas 14:25–30).

b) LA DOCTRINA CORRECTA

Jesús dijo que el Padre busca tales adoradores que le adoren en espíritu y verdad (Juan 4:23). Jesús reveló la verdad, como se puede ver, por ejemplo, en su oración poco antes de su muerte:

…porque las palabras que me diste les he dado; y ellos las recibieron y han conocido verdaderamente que salí de Ti, y han creído que Tú me enviaste. (Juan 17:8)

El Evangelio y la Biblia entera como palabra de Dios nos han sido dados para guiarnos y hacernos entender la voluntad del Señor. Cada ser humano puede conocer la verdad, según dijo Pablo en su epístola a los Corintios:

…manifestando la verdad, nos recomendamos, delante de Dios, a toda conciencia humana. Pero si nuestro evangelio está aún encubierto, entre los que se pierden está encubierto. (2 Corintios 4:2–3)

Todo el que quiera obedecer a Dios, puede conocer su voluntad.

El que quiera hacer la voluntad de Dios, conocerá si la doctrina es de Dios o si yo hablo por mi propia cuenta. (Juan 7:17)

El conocimiento de la verdad, es decir, el buen entendimiento de la palabra de Dios, crea la base para la relación con Él. Conocer a Dios no significa conocerlo teóricamente, sino comprender y aceptar sin reservas su mensaje y vivir en comunión con Él.

Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado. (Juan 17:3)

Por consiguiente, el Nuevo Testamento pone énfasis en la importancia de la sana doctrina, haciéndola incluso una condición para obtener la vida eterna.

Ten cuidado de ti mismo y de la doctrina; persiste en ello, pues haciendo esto te salvarás a ti mismo y a los que te escuchen. (1 Timoteo 4:16)

Es el plan de Dios que los cristianos sean responsables los unos para los otros, y puedan apoyarse mutuamente (Hebreos 3:12–14; 1 Tesalonicenses 2:8–12).

Sólo aquellos que quieren obedecer a Dios forman parte de la Iglesia (Mateo 18:15–17; 1 Corintios 5:9–13). Esta última ha de actuar como un espejo, mediante el cual sus contemporáneos puedan ver la relación que se debe tener con Dios (Mateo 5:14–16).

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