¿Por qué Jesús?

Le dijo entonces Pilato: –Luego, ¿eres tú rey? Respondió Jesús:  –Tú dices que yo soy rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. Todo aquel que es de la verdad, oye mi voz. Le dijo Pilato: –¿Qué es la verdad? Y dicho esto, salió otra vez a donde estaban los judíos, y les dijo: –Yo no hallo en él ningún delito. (Juan 18:37–38)

…sin embargo los judíos intentaron matar a Jesús. Pilato se lo entregó a ellos a pesar de estar consciente de que en aquel momento tendría lugar una gran injusticia…

¿Quién era Jesús? ¿Cuál era su mensaje? ¿Cómo vivía? ¿Por qué fue ejecutado? ¿Por qué creemos que no se puede igualar a los más notables personajes de la historia humana?

De los eventos básicos de la vida y la muerte de Jesús testifican las obras de algunos famosos historiadores de la antigüedad como Tácito1, Flavio Josefo2 y Suetonio.3

No obstante, lo que realmente sabemos sobre Jesús lo extraemos de la propia Biblia.

Jesús era judío y realizó su actividad principalmente entre el pueblo judío residente en Palestina.

La mayoría de la gente con la cual Jesús entró en contacto tenía verdadera fe en un solo Dios (monoteísmo).

Al igual que Jesús asumió la creencia de su público, nosotros también tenemos que tenerla presente al leer los textos bíblicos. En un artículo independiente, se pueden leer algunas reflexiones más generales y detalladas acerca de la existencia de Dios.

La actividad y la enseñanza públicas de Jesús no son lo único que testifica su credibilidad. Dan testimonio también las profecías de las escrituras judías redactadas mucho antes.

El Antiguo Testamento describe cómo hace mucho tiempo Dios ayudó a los rectos de corazón a reconocerlo como Dios único y verdadero. En base a este conocimiento, se formó una nación (el pueblo de Israel), que más adelante se llamarían judíos. En medio de ellos, Dios se reveló paso por paso mostrando los aspectos fundamentales de su ser.

Varios libros del Antiguo Testamento, sin embargo, demuestran que las creencias y las experiencias de los Israelitas por la obra de Dios en la historia representan sólo el fundamento para una revelación más profunda de Dios y de su voluntad.

Los judíos que se dejaban guiar por Dios, como los profetas, proclamaron que un día habría un hombre que predicaría la voluntad de Dios con toda claridad (Deuteronomio 18:15–19). Aquel hombre recogería y enseñaría a todos los que quisieran hacer la voluntad de Dios con corazón sincero, tal y como un pastor recoge a sus ovejas y apacienta a los débiles y enfermos (Ezequiel 34:11–31).

Era el propósito de Dios establecer un nuevo pacto con su nación. Con Su ayuda serían capaces de vivir por Él y unos por otros con gratitud y amor, ayudándose y amándose mutuamente (Jeremías 31:31–34).

Los profetas eran muy conscientes de que la elección y la dirección especial de una nación particular era algo temporal. Sólo servía como preparación para que Dios ofreciera a toda la humanidad establecer una relación con Él. El profeta Isaías profetizó que esta posibilidad vendría a través de aquel al que llamaba el “siervo de Dios” (Isaías 42:6, 49:5–6).

A lo largo de su ministerio, Jesús demostró claramente que los pasajes en el Antiguo Testamento sobre el Pastor y el Siervo de Dios se habían cumplido en él (Lucas 4:14–22; Juan 5:37–47; 10:1–30). Muchos judíos no aceptaron a Jesús por esperar a alguien que les diera libertad política. A diferencia de esto, Jesús habló de una libertad interna, la libertad de amar y hacer el bien independientemente de las circunstancias, por medio del poder obtenido por estar unidos con Dios.

LA VIDA Y LA ENSEÑANZA DE JESÚS:

Jesús creció en Palestina. Sabemos muy poco de los primeros 30 años de su vida. Lucas (un médico que, habiendo indagado exactamente los eventos, redactó uno de los cuatro evangelios) nos habla brevemente de un acontecimiento sucedido cuando Jesús tenía doce años. Ya a esa edad, Jesús impresionó a los maestros religiosos judíos con su interés y sus preguntas acerca de la fe y la vida con Dios. Del mismo autor sabemos que Jesús tenía alrededor de 30 años cuando comenzó su ministerio público.4

Jesús dijo que había venido a llamar a los pecadores al arrepentimiento.

Cada persona sabe que las causas principales de tanto sufrimiento en el mundo son la falta de amor, la mentira, la hipocresía, la envidia, la avaricia y el egoísmo. Todo el que quiera hacer el bien intenta encontrar la salida de esta miseria, tanto para sí mismo como para los que le rodean.

Jesús mostró claramente la salida de una vida pecaminosa: cada uno de nosotros debe examinarse a sí mismo. Dios, el Creador, puso en nosotros sus leyes y estándares por medio de la conciencia. Si estamos dispuestos a asumir Su punto de vista, es fácil discernir lo bueno de lo malo en nuestra vida. No obstante, si actuamos en contra de Sus estándares, empezamos a trastornar Sus principios y Su realidad (hasta llamar bueno a lo malo y malo a lo bueno). Esto nos concierne a todos. Nadie puede afirmar haber sido siempre justo, recto, sincero y desinteresado y no haber tenido nunca malos pensamientos hacia otros o haber sido indiferente a ellos. Jesús era diferente. Él afirmó siempre haber actuado con amor (según la voluntad de Dios):

…el que me envió, conmigo está; no me ha dejado solo el Padre, porque yo hago siempre lo que le agrada. (Juan 8:29)

Aquí, Jesús tocó el punto débil de los seres humanos y expuso claramente las situaciones en las que la gente actuaba en contra de los estándares de Dios. Lo hizo así para que los hombres pudieran vivir en amor, unidad y libertad. De ahí que especialmente los líderes religiosos de su tiempo querían el mal para él. Ni siquiera ellos podían encontrar algo de qué acusarle:

Pero a mí, que digo la verdad, no me creéis. ¿Quién de vosotros puede acusarme de pecado? Y si digo la verdad, ¿por qué vosotros no me creéis? El que es de Dios, las palabras de Dios oye; por esto no las oís vosotros, porque no sois de Dios. (Juan 8:45–47)

Jesús podía corregir los estándares de los hombres, porque Él mismo cumplió perfectamente los mandamientos de Dios.

El mensaje de Jesús principalmente consta de advertencias de volver a los valores y virtudes ocultados bajo los escombros del pecado, es decir, la rebelión del hombre contra los principios de su Creador. El hombre tiene que limpiarse de estos escombros. Cuando esté preparado para ello, el hombre se dará cuenta de lo grande que es su culpa y del daño causado por su pecado. Este daño tiene una doble cara: por una parte, hay que “reparar” lo mejor posible el daño causado a otra gente. Por otra parte, todo pecado, como expresión de rebelión y desacato hacia Dios, lo hace culpable ante Él y no puede repararse. El hombre no tiene nada que aportar a ello, ya que todo pertenece a Dios. Lo que sí puede hacer es admitir su culpa, arrepentirse, pedir perdón y hacer todo lo posible para cambiar su modo de actuar. Esto es a lo que nos llama Jesús.

Esta llamada está conectada directamente con la llamada a creer en el Evangelio. La palabra “Evangelio” significa “buena nueva”, que se refiere al mensaje de Dios sobre su amor por la humanidad. Dios quiere reconciliar a los hombres consigo mismo y perdonarles su culpa que los separa de Él. Cuando el hombre abandona su rebelión y se arrepiente de sus pecados, Dios le concede libremente su gracia. Jesús fue enviado como señal evidente de la misericordia y del amor de Dios.

Jesús personificó el amor de Dios. Sus palabras y sus acciones dieron esperanza a todos los que en aquel tiempo eran considerados unos casos sin remedio, sin posibilidad de cambiar. Jesús expuso la hipocresía, la falta de amor y la arrogancia de los líderes religiosos. Su objetivo era guiarlos al arrepentimiento, es decir, cambiar su actitud y su vida. Quería dirigir su atención sobre el mandamiento antiguo:

Jesús le respondió: –El primero de todos los mandamiento es: “Oye, Israel: el Señor nuestro Dios, el Señor uno es. Y amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas”. Este es el principal mandamiento. El segundo es semejante: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. No hay otro mandamiento mayor que estos. (Marcos 12:29–31)

Dios es amor. Nos creó para que nos amemos unos a otros, que gocemos de la vida y tengamos comunión con nuestro prójimo, es decir, con quienquiera en el mundo. El que se decide por este amor, sabe que no se trata de cumplir con unas leyes y reglas. Es más bien a través de la relación con Dios y, siguiendo el ejemplo de Jesús, que uno puede saber lo que es justo y bueno, y lo que es lo mejor para el prójimo, para uno mismo y para todo el mundo. Ésta es la buena nueva que trajo Jesús, mostrando la salida del sufrimiento, la desesperación, la desorientación, el odio y la muerte.

Hablemos, pues, de las acciones que Jesús no podía llevar a cabo simplemente a través de sus habilidades humanas. Él mismo dijo que sus obras testificaban de quién era. La gente de su tiempo escuchaba estas palabras y podía ver con sus propios ojos sus maravillosos milagros. Eran judíos y sabían bien que sólo con el poder de Dios era posible hacer ver a los ciegos, andar a los cojos, oír a los mudos e incluso resucitar a los muertos. Estos milagros hacían imposible ignorar a Jesús como se suele hacer hoy en día. Su personaje era extraordinario.

Las afirmaciones que sostenía no eran de alguien que simplemente enseña unas virtudes a la gente. No hay otro personaje en la historia que, tanto como él, haya hecho realizar acciones tanto en favor o como en contra de él. Hoy en día, si alguien afirmara ser la luz del mundo, la verdad, la resurrección y la vida, seguramente sería burlado y no se le tomaría en serio.

En el personaje de Jesús encontramos una combinación única: por una parte, incluso la gente de hoy reconoce que su vida demuestra unas verdades morales de una perfección incomparable y que sus palabras y sus acciones reflejan una sabiduría extraordinaria, sobria y de acuerdo con la realidad. Por otra parte, afirmó ser la luz del mundo y vivir en unión perfecta con Dios, dándose a sí mismo una autoridad única… Esta fue la razón por la cual las reacciones de la gente ante Él son calurosas o frías. Todo el que permanece indiferente a sus palabras, no las ha entendido.

Los líderes judíos de su tiempo, que no querían aceptar sus afirmaciones pensaban resolver el problema matándole. Jesús permaneció fiel a sus palabras aún durante su violenta muerte porque sabía que eran verdad. La vida y la entrega de Jesús prepararon el camino para todos los que querían seguirle y aceptar la realidad de Dios.

La Biblia hace referencia a varios testigos presenciales de la muerte y resurrección de Jesús.5 Muchos que estaban con él antes de su muerte le volvieron a ver, le hablaron, le tocaron y comieron con él. Podemos ver a través de los informes de los testigos que Jesús vive. Experimentamos su ayuda en la vida cotidiana. Si nos dirigimos a Él, puede cambiar nuestra vida y nos da claridad y fuerza en lo que hemos de hacer. Su resurrección nos muestra que lo malo no alcanza la victoria. Dios reveló así al mundo que los justos no mueren y desaparecen. Jesús tenía confianza en que Dios era justo. Esto es verdad para todos los que creen en Él. La muerte no forma el fin de las cosas, ni un duro despertar. Todo el que sigue a Jesús vivirá con Dios, aún cuando muera.

A menudo, se considera a Jesús uno más en la lista de los fundadores de las principales religiones, como Mahoma o Buda.

ALGUNAS REFLEXIONES IMPORTANTES SOBRE EL ISLAM:

Procurando establecer una nación política de monoteístas, Mahoma estaba dispuesto, incluso, a recurrir a la violencia. Jesús transmitió una imagen bien diferente a esto. Antes de su muerte, declaró a Pilato que su reino no se basaba en las fuerzas ni el empeño humanos. Dijo “Mi reino no es de este mundo” (Juan 18:36). Uno sólo puede pertenecer al reino de Dios si toma una decisión libre y no si se le fuerza, ni si nace como miembro del pueblo de Dios.

El Corán prescribe muchas reglas formales que demuestran reverencia ante Dios o enseñan a la gente a respetarle más. A diferencia de esto, Jesús predicó el amor y la fe sincera como las virtudes más importantes que no se expresan a través del mero cumplimiento de diversos deberes religiosos. En el Cristianismo, se trata de centrar la atención en los demás y de amarlos con el amor recibido de Dios.

Jesús era absolutamente fiel a su propia doctrina. Dijo, “Yo soy el camino, la verdad y la vida”.6 Mahoma nunca afirmó una cosa así sobre sí mismo. Al contrario, solía condenar como herejía cualquier enseñanza de este tipo. El hecho de que Dios resucitara a Jesús de entre los muertos muestra que sus palabras son verdad, puesto que Dios no apoya a mentirosos y herejes.

Mahoma nunca afirmó ser infalible. Se consideró profeta llamado a guiar a la gente a la fe monoteísta. En el personaje de Jesús, en cambio, Dios mismo vino muy cerca a nosotros y nos mostró su gran amor y benevolencia.

Estas son solo algunas razones por las cuales seguimos a Jesús y no a Mahoma.

Las religiones orientales sostienen la idea de la disolución del alma en vez de la resurrección. Buda enseñó que la vida no es más que sufrimiento. Vio la causa principal de ello en los deseos que crean karma. Karma, en cambio, sostiene el ciclo de la reencarnación.7 Buda consideró esto una tortura, mientras que en las sociedades del oeste este ciclo se considera una nueva posibilidad de vivir. Para los que sostienen este punto de vista, representa una idea dulce y atrayente, pero una que no forma parte de la enseñanza de Buda. Según él, la meta de todo pensar y actuar es la extinción de la vida, la cual se vuelve a manifestar a través de la resurrección. El modo de alcanzarlo es la renuncia a todo deseo y necesidad en relación con uno mismo, con los demás y con la vida misma, el no querer nada y dejarse caer a través de la meditación en una especie de calma divina.8 En realidad, esto significa ser indiferente. Fue esto la iluminación que Buda tenía en su camino de deslumbramiento y error.

El cuento siguiente ofrece un ejemplo muy claro. Se trata de un extracto de la leyenda de Buda “Sangámaji Thera”, que forma parte de la Udána del canon de Pali (textos antiguos budistas del siglo III. – IV. a.C.). El cuento llama a sus oyentes a abandonar la voluntad de vivir:

“La esposa anterior del venerable Sangamaji había oído decir: “El monje Sangamaji ha llegado a Savatthi.” Luego, tomó a su hijo y fue al monasterio al lado del soto de Jeta, cerca de Savatthi. En aquel tiempo el venerable Sangamaji estaba sentado al pie de un árbol para pasar allí la tarde, dedicándose a la meditación. La esposa anterior del venerable Sangamaji lo encontró allí y le dijo: “¡Oh, mira a tu hijito, ascético! ¡Dame de comer!” Pero oyendo estas palabras el venerable Sangamaji guardó silencio. Por dos y tres veces, la esposa anterior del venerable Sangamaji dijo: “¡Mira a tu hijito! ¡Dame de comer!” Y también la segunda y tercera vez, el venerable Sangamaji guardó silencio. Después de esto, la esposa del venerable Sangamaji puso al niño delante del venerable Sangamaji y se fue, diciendo: “He aquí tu hijo, o asceta; ¡dale de comer!” No obstante, el venerable Sangamaji ni miró al hijo ni dijo palabra alguna. Cuando la esposa anterior del venerable Sangamaji volvió la mirada atrás, vio desde lejos que el venerable Sangamaji ni miró al hijo ni dijo palabra alguna. “Ese asceta”, pensaba, “ni siquiera se preocupa por su hijo”. Y volviéndose atrás, cogió al niño y se fue.” [Nota: la cita no está completa. Falta la respuesta de Buda]

Este principio es inherente al budismo clásico. En el mundo occidental la forma más común del budismo es la del período posterior a éste, el budismo tibetano, que pone énfasis en la justicia social y la creencia en varios dioses. Sin embargo, la filosofía básica permanece igual, aunque de una manera velada.

A diferencia de la enseñanza de Jesús, Buda consideró los deseos como el origen de la vida humana. Los deseos representan los “edificadores de la casa” y crearon la vida física, la cual según Buda es sufrimiento.9

La idea de que la vida sea nada más que sufrimiento no corresponde ni a la esencia de la vida ni a la realidad en general, aunque sí hay mucha miseria en el mundo. Nosotros experimentamos el amor, la alegría y la paz de los que habló Jesús como parte real de nuestra existencia. El ansia de experimentar esto NO es algo que uno tiene que extinguir. Hay, más bien, que intentar encontrar la fuente del amor verdadero, del gozo y de la paz. Dios nos ofrece el deseo por estas cosas, puesto que las ha grabado en nuestros corazones. Queremos emplear todo esfuerzo y voluntad para ayudar a otros a experimentar el gozo en tener una relación con Dios. Sólo tenemos una vida y su propósito no es sufrir, ni huir de ello, sino más bien decir “Sí” al amor de Dios.

La verdad a la que Jesús dio testimonio, representa la realidad determinada por Dios. Hay un solo Dios, origen y causa de todo y aún sin origen Él mismo. Es el creador de todas las cosas. Gracias a Él, existimos. Dios es absolutamente bueno y, como dependemos de Él, no podemos encontrar lo verdaderamente bueno fuera de Él. Nuestra alegría depende de la relación con Él.

Como Dios es amor, quiere entrar en una relación con nosotros basada en amor. Somos libres de aceptar esta oferta, lo que significa aceptar la realidad de que debemos preguntarle a Él sobre lo que es bueno y justo y que sólo si vivimos según las respuestas que Él nos da, seremos capaces de vivir con Él después de la muerte. Jesús no sólo habló de cómo hay que vivir, sino lo demostró también con su propia vida. Ahora, ofrece su ayuda a todos los que quieran seguirle en ello.

El fruto de nuestra vida (véase el artículo sobre “Quienes somos”) se origina del amor de Jesús por la gente. A través de él, llegamos a entender quién es Dios. Buscamos su voluntad y él nos dio una vida nueva. Su amor nos cambió de arriba abajo. Igual que un padre cuida por su hijo para que crezca y madure, así también Dios nos forma a nosotros. Esto significa que en lugar de desesperación, desorientación, egoísmo, odio y mentira, Él nos hace vivir una vida en amor, unidad y justicia experimentando y cambiando con el poder de Dios. A través de la relación con Él, nuestra vida tiene sentido, y no perece al morir, igual que la vida de Jesús no cesó cuando murió. Damos gracias a Dios por ello y queremos expresar esta gratitud entregando nuestra vida a Él todos los días.

Si buscas la verdad, no te dejes confundir por el incontable número de denominaciones que se definen cristianas. Echa una mirada más profunda en el personaje de Jesús leyendo uno o dos de los evangelios. Te invitamos también a que te pongas en contacto con nosotros. Cada uno de nosotros experimentó el gran ánimo de buscar el buen camino y reflexionar sobre las palabras de Jesús, examinar el contexto histórico y cultural y, además, poner en práctica lo que se ha entendido.

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Notas:
  1. Tacitus, Annals (115–117 A.D.). 
  2. Josephus Flavius (*37 A.D.), Antiquitates XVIII, 63f /3,3. 
  3. Suetonius, Vita Claudii 25,4 (120 A.D.). 
  4. Luke 3:23. 
  5. Por ejemplo: 1 Corinthians 15:3–9. 
  6. Juan John 14:6. 
  7. Por ejemplo: Buddha’s statements, e.g. Dhammapada 153, 154. 
  8. Por ejemplo: Buddha’s statements, e.g. Samma-samádhi (Right Concentration). 
  9. Dhammapada 153, 154.