María

Creemos que Jesús es el Dios verdadero que para nosotros se hizo hombre. Por lo tanto, su madre no se queda sin importancia para nosotros. Nuestro deseo es el de obtener una imagen objetiva de la madre de nuestro Señor, basándonos en la fuente única de información acerca de su personaje, por ejemplo, los Evangelios y los Hechos de los Apóstoles. Con este artículo, quisiéramos demostrar nuestro respeto por la mujer que a sí misma se llamaba “sierva del Señor” (Lucas 1:38).   Al mismo tiempo, quisiéramos criticar la veneración de María, que no corresponde ni a la voluntad de Dios ni a la de su sierva.

1. Miriam1 — la madre de Jesús

En el año 7 u 8 antes de Cristo, se abrió un nuevo capítulo en la historia de la humanidad, cuando una mujercita del pueblo de Nazaret en Galilea inesperadamente se vio confrontada con la vocación de ser la madre del Salvador del mundo (Lucas 1:26–38): Jesús, Logos eterno quien se hizo hombre. Miriam aceptó aquella tarea que Dios le encomendó. El Dios infinito en su Hijo se hizo uno con un ser creado, un ser humano.

Desde el comienzo de su vida, Miriam, fue incluida en la humillación de su hijo. Durante el nacimiento de éste, no tenía casa (Lucas 2:7). Poco después, tuvo que emigrar con su marido y el niño (Mateo 2:13–15). Cuando Jesús tenía doce años, Miriam se vio obligada a someter sus sentimientos maternales a la relación de su hijo con el Padre eterno (Lucas 2:48–49).

Al inicio del ministerio público de Jesús, Miriam se vio enfrentada a un problema. Al pedirle indirectamente a su Hijo que lo resolviera, éste le dijo muy francamente que Dios no dependía de su intervención humana para cumplir sus planes:

Mujer, ¿qué tengo que ver yo contigo? Mi hora aún no ha llegado. (Juan 2:4)2

Miriam entendió esta exhortación y lo dejó todo a Jesús. Las siguientes palabras de la mujer, bien transmitidas hasta nuestros días, se han de entender como el principio de toda su vida posterior:

Haced lo que Él os diga. (Juan 2:5)

Miriam vivió la división de su familia causada por el hecho de que sus familiares tomaran a Jesús por un loco, cuando le veían predicar públicamente (Marcos 3:21). El intento de la madre de mediar en este conflicto fracasó cuando Jesús declaró claramente, no sólo a sus demás familiares sino también a ella, que para Él las relaciones espirituales eran más importantes que aquellas biológicas:

Respondiendo él al que le decía esto, dijo: –¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos? Y extendiendo su mano hacia sus discípulos, dijo: –Estos son mi madre y mis hermanos, pues todo aquel que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos, ese es mi hermano, mi hermana y mi madre. (Mateo 12:48–50)

A partir de este momento, Miriam se mantenía a la sombra. Aunque, a menudo, no entendía el comportamiento de su Hijo, quedó fiel a Él hasta Su muerte en la cruz. En aquella situación Jesús confió su madre a su discípulo Juan, en lugar de a sus incrédulos familiares (Juan 19:25–27). Después de la resurrección y la ascensión de Jesús, Miriam estaba con los discípulos cuando se juntaban a orar (Hechos 1:14). Es esa la última información que tenemos sobre ella. Suponemos que se quedó con Juan durante el resto de su vida y murió como discípula fiel. El hecho de que los demás capítulos de los Hechos así como todas las Epístolas del Nuevo Testamento3 no hagan mención de ella, demuestra que Miriam no tenía un papel tan importante como nos hacen creer muchos religiosos. En lugar de eso, contribuía a la edificación de la Iglesia en sumisión y humildad, tal y como hacía la mayoría de los demás creyentes.

2. ¿Veneramos a María?

María misma dijo:

Engrandece mi alma al Señor y mi espíritu se regocija en Dios mi Salvador porque ha mirado la bajeza de su sierva, pues desde ahora me dirán bienaventurada todas las generaciones. (Lucas 1:46–48)

Así que, debe ser justo dirigirse con confianza a la Madre de Jesús en la oración,
¿o no?

Consideramos bienaventurada a María tal y como lo expresaba Isabel, su pariente:

Bienaventurada la que creyó, porque se cumplirá lo que le fue dicho de parte del Señor. (Lucas 1:45)

Del mismo modo, acorde con las palabras de Jesús, consideramos bendito a cualquier cristiano:

Jesús le dijo: –Porque me has visto, Tomás, creíste; bienaventurados los que no vieron y creyeron. (Juan 20:29)

Al pronunciar María las palabras antes mencionadas (Lucas 1:48), siguió el ejemplo de Lea, quien antes del nacimiento de Aser (antepasado de las doce tribus de Israel) dijo:

Luego Zilpa, la sierva de Lea, dio a luz otro hijo a Jacob. Y dijo Lea: «Para dicha mía, porque las mujeres me llamarán dichosa»; y le puso por nombre Aser. (Génesis 30:12–13)

En cuanto a importancia, el nacimiento de Jesús supera en mucho el de cualquier patriarca. El nacimiento de Jesús tiene importancia para todas las generaciones. Por tanto, toda gente de toda nación y época tiene un buen motivo para alegrarse de la fe de María. Sin embargo, los cristianos no tienen más razón para rezar a María que la que tenían las hijas de Israel para rezar a Lea. ¡Sólo Dios es digno de recibir nuestras oraciones! Al expresar María su alegría y gratitud en una oración por haber sido elegida a ser la madre del Salvador, muestra que estaba completamente concentrada en Dios, a quien llamaba su Salvador (Lucas 1:47). Ni en las palabras de María ni en cualquier otro pasaje de la Sagrada Escritura encontramos el más mínimo indicio de que sea justo invocar o venerar a María o incluso pedirle su intercesión. La Biblia está llena de oraciones, pero cada una de ellas está dirigida a Dios o a Jesús. No hay ni una sola oración dirigida a un ser humano, por muy santo que hubiera sido en su vida.

Entonces Jesús le dijo: –Vete, Satanás, porque escrito está: “Al Señor tu Dios adorarás y solo a él servirás”.(Mateo 4:10)

Los “veneradores” de María frecuentemente afirman que no la veneran, sino que simplemente le ruegan que interceda por ellos, al igual que le ruegan a cualquier otro cristiano que rece por ellos. Este argumento cojea no solo porque no tiene ninguna base bíblica, sino también porque María ya no vive entre nosotros, sino que vive en la presencia de Dios. Los límites entre este mundo pasajero y el mundo eterno son realidad hoy como siempre. Las palabras siguientes de un profeta del Antiguo Testamento sobre Abraham e Israel (Jacob), los antepasados del pueblo de Israel, son válidos para María también:

¡Pero tú eres nuestro padre!
Aunque Abraham nos ignore
e Israel no nos reconozca,
tú, Jehová, eres nuestro padre.
Redentor nuestro es tu nombre desde la eternidad. (Isaías 63:16)

¿Quién de entre los discípulos conocía mejor a María si no el apóstol Juan, que se ocupó de ella después de la muerte de Jesús? Con toda probabilidad, Juan se ocupó de María varios años y completó sus escrituras sólo después de su muerte. Si Juan, en este período, le hubiera pedido intercesión, encontraríamos algunos rastros de ello en las Escrituras así como en la tradición del segundo siglo. Sin embargo, no encontramos ni el más mínimo indicio de tal práctica. ¿Quiénes somos para creer que sabemos más que los apóstoles? Todo el que venere realmente a María, seguirá su ejemplo y magnificará y gozará de Dios su Salvador (Lucas 1:46–47).

3. ¿María — nuestra intermediaria?

La Biblia es muy clara sobre el tema de la mediación:

…hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres: Jesucristo hombre (1 Timoteo 2:5)

Por eso puede también salvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios, viviendo siempre para interceder por ellos. (Hebreos 7:25)

Los “veneradores” de María están formalmente de acuerdo con estas frases, pero sin embargo hacen de ella una “mediadora entre nosotros y el mediador”, tal y como lo proclamó el Papa León XIII:

Así como nadie va al Padre si no por el Hijo, nadie va a Cristo si no por la Madre. / Octobri mense, Enciclopedia de Papa Leo XIII sobre el rosario (1891)/

Si fuera verdad que podemos acceder a Jesús únicamente por intercesión de María, el acuerdo teórico con los pasajes bíblicos arriba mencionados se convierten prácticamente en una negación total de la obra intermediaria única de Cristo.

Pero, ¿no es que Jesús, mientras estaba colgado de la cruz, presentó a su madre a toda la humanidad como la madre de todos los hombres (Juan 19:25–27)? ¿No es eso motivo suficiente para que busquemos refugio y confianza en ella? ¿Quién nos podría conocer mejor que nuestra propia madre?

En la Biblia no encontramos nada parecido. Jesús, como hijo responsable, prefirió confiar su madre a su discípulo más cercano, en vez de a sus “hermanos”4, quienes en aquel tiempo todavía no creían en Él. Incluso en la cruz, Jesús mostró sentido de responsabilidad para su madre, demostrando que las relaciones espirituales tienen prioridad a aquellas familiares.

Pero, ¿no presta especial atención Jesús a su madre? ¿Cómo podría un hijo menospreciar la petición suplicante de su madre? Los que piensan así niegan el amor de Dios, quien se dirige a todos los hombres sin excepción. Si yo me dirijo a Dios con un corazón puro me va a escuchar. Pero si no tengo esta actitud, ni siquiera María me puede ayudar. Es Jesucristo quien nos llama, diciendo:

Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar. Llevad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallaréis descanso para vuestras almas, porque mi yugo es fácil y ligera mi carga». (Mateo 11:28–30)

Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí, y al que a mí viene, no lo echo fuera. (Juan 6:37)

4. ¿María — mujer sin pecado?

Según el testimonio del Nuevo Testamento, Jesús vivió una vida sin pecado:

¿Quién de vosotros puede acusarme de pecado? (Juan 8:46)

Todo el que hable así o tiene que ser megalómano o tiene razón en lo que dice. De acuerdo con los primeros cristianos, creemos que Jesús era el único hombre justificado en decir esto.

No tenemos un Sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado. (Hebreos 4:15)

Tal Sumo sacerdote nos convenía: santo, inocente, sin mancha, apartado de los pecadores y hecho más sublime que los cielos (Hebreos 7:26)

Él no cometió pecado ni se halló engaño en su boca. (1 Pedro 2:22)

En cuanto a María, no encontramos tales frases en la Biblia, por lo que, frecuentemente, muchos están obligados a usar el pasaje de Lucas 1:28 como prueba de su carácter inmaculado:

¡Salve, muy favorecida! El Señor es contigo; bendita tú entre las mujeres.

Los “veneradores” de María basan toda su doctrina sobre el carácter inmaculado de la madre de Jesús en una sola expresión: “favorecida”, que en la Vulgata5 se traduce incorrectamente por “gratia plena”, “llena de gracia”. Aunque, los traductores católicos modernos ya no usan la expresión “llena de gracia”, María sigue siendo venerada con estas palabras. De hecho, la expresión significa más bien que ella misma necesita la gracia divina para su salvación, exactamente lo contrario de que no tuviera pecado.

En cuanto a Esteban, sí que encontramos la expresión siguiente:

Esteban, lleno de gracia y de poder, hacía grandes prodigios y señales entre el pueblo. (Hechos 6:8)

En cuanto a Esteban, nadie saca las mismas conclusiones que en el caso de María. Aunque estimamos mucho  su obediencia y devoción, puesto que es el primer mártir, no le atribuimos una vida sin pecado.

Los escritores eclesiales de los primeros siglos también eran conscientes de que María pecó. Echemos una mirada a un comentario de Juan Crisóstomo sobre Mateo 12:46–50:

Mientras él aún hablaba a la gente, su madre y sus hermanos estaban afuera y le querían hablar. Le dijo uno:  –Tu madre y tus hermanos están afuera y te quieren hablar. Respondiendo él al que le decía esto, dijo:  –¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos? Y extendiendo su mano hacia sus discípulos, dijo:  –Estos son mi madre y mis hermanos, pues todo aquel que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos, ese es mi hermano, mi hermana y mi madre. (Mateo 12:46–50)

De hecho, lo que [María] intentó hacer fue un acto de vanidad superflua; como quería mostrar a la gente que tenía poder y autoridad sobre su Hijo, sin imaginarse nada grande sobre Él; por este motivo, su petición era fuera de lugar.

/Juan Crisóstomo, Homilías sobre San Mateo, Homilía 44/

Tal vez Juan Crisóstomo sobrevaloró la situación en Mateo 12. Sin embargo, su ejemplo demuestra que ni siquiera aquel “santo” católico del Siglo IV. consideraba como dogma que María no tuviera pecado.

Asimismo, de acuerdo con Clemente de Alejandría confesamos:

… por lo cual, Él solo es juez, porque Él es el único que no tiene pecado. /Clemente de Alejandría, Paedagogus (El Instructor) I,4,2/

5. María — ¿madre de Dios?

El Concilio de Efeso (431) acuñó el término “theotokos” (la que dio a luz a Dios) para María. Esta expresión es correcta en los términos en que su hijo era verdadero Dios y verdadero hombre. Claro está que Dios, eterno Creador del universo, no tiene origen. Es imposible que tenga padre o madre.

De la misma forma, Pablo podía escribir,

… no habrían crucificado al Señor de gloria, (1 Corintios 2:8),

Lo que, efectivamente, significa que crucificaron a Dios. Nosotros también podemos decir que María dio a luz a Dios. Esto, sin embargo, es una afirmación sobre el personaje de Jesús y no sobre María. Desafortunadamente, aunque la declaración del Concilio de Efeso era básicamente correcta, la exagerada acentuación de la misma llevó a la mariolatría. En aquel tiempo, muchos paganos fueron integrados en la iglesia, causando que finalmente el culto de la Magna Mater (cosa que Pablo ya había conocido en Efeso (Hechos 19:23–40)) se aceptó dentro del llamado Cristianismo.

El término “la que dio a luz a Dios” (o más simple: “madre de Dios”) frecuente-mente está mal entendido, especialmente por gente sin formación teológica, para quien la imagen de una madre fácilmente evoca emociones positivas. El “Padre celestial” tiene a su lado a la “Madre celestial”. El monoteísmo se retiene formalmente, pero prácticamente se introduce el politeísmo. La mayoría de las oraciones de esta gente se dirige a la “Reina de los Cielos” (Véase Jeremías 7:18). El Dios paternal está muy lejos. María tiene que retrasar el duro brazo de su Hijo.6

La Biblia, en cambio, nos habla de un Dios muy diferente. Dios no está en absoluto lejos:

De una sangre ha hecho todo el linaje de los hombres para que habiten sobre toda la faz de la tierra; y les ha prefijado el orden de los tiempos y los límites de su habitación, para que busquen a Dios, si en alguna manera, palpando, puedan hallarlo, aunque ciertamente no está lejos de cada uno de nosotros, porque en él vivimos, nos movemos y somos; como algunos de vuestros propios poetas también han dicho: “Porque linaje suyo somos”. (Hechos 17:26–28)

El Dios de la Biblia no se puede incluir de manera forzada en un sistema de términos humanos, como hombre y mujer, Dios-Padre y Diosa-Madre. El Dios infinito del universo es soberano y está por encima de tales categorías. Por lo tanto, en la Biblia encontramos pasajes que nos muestran sólo a Dios como Padre, pero también algunos que lo comparan con una madre:

¿Se olvidará la mujer de lo que dio a luz,
para dejar de compadecerse del hijo de su vientre?
¡Aunque ella lo olvide,
yo nunca me olvidaré de ti! (Isaías 49:15)

Como aquel a quien consuela su madre,
así os consolaré yo a vosotros,
y en Jerusalén recibiréis consuelo». (Isaías 66:13)

Queremos servirle sólo a Él, quien para nosotros es mucho más que un padre o una madre. Queremos servirle a Él, nuestro único Dios y Salvador, tal y como le servía María dentro de la comunidad de discípulos.

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Notas:
  1. En muchos pasajes del Nuevo Testamento (por ejemplo, Lucas 1:27, 30, 34…) la madre de Jesús se llama “Miriam”. La forma hebrea de su nombre era “Miriam”, en su lengua materna, el arameo, se llamaba “Miriam”. Nosotros conscientemente elegimos esta versión (original) de su nombre para introducirla como personaje histórico. 
  2. El contexto supone que la segunda frase se traduzca como pregunta (a diferencia de todas las traducciones usuales). El texto original no disponía de puntuación. Los términos griegos permiten esta traducción. 
  3. Galatas 4:4 “nacido de una mujer” no se puede interpretar como una mención especial de María. Pablo quería poner énfasis en la encarnación del Hijo de Dios. 
  4. Los “hermanos de Jesús”, con toda probabilidad, eran sus primos. El ocuparse más profundamente de este punto rebasaría los límites de este tratado. 
  5. La traducción latina de la Biblia realizada por Jerónimo en el Siglo V. 
  6. Afirmación de “María” en La Salette (aparición de María aceptada oficialmente por la Iglesia Católica)